En el diccionario de bolsillo para el viajero aglutinamos una suerte de equipaje para llevar en un viaje de improviso, a la hora de la siesta, cuando uno no tiene demasiadas pretensiones, y se deja caer al costado de un árbol para tomar sol y volverse un poco lagarto. Nuestras derivas invitan al lector curioso a curiosear- valga la inquieta redundancia- estas palabras y a formular las suyas propias. Por esa razón hacia el final le dejamos una hoja para que pueda volcarlas y compartir juntos con nosotros este mínimo recorrido.
Partimos de la consigna de pivotear sobre aquellas ideas-fuerzas, imágenes-razones, citarlas y dejarles nuestras huellas, impresiones. Conviven definiciones con micro-relatos; palabras tamizadas por el eros y el tánatos de los viajes. Para decirlo de una vez: zonas oscuras, luminosas, brumas entre las fronteras que nos cruzan; choques de estados que le dan tanta verosimilitud a la idea del viaje, siempre que se tenga -claro está- un espíritu movedizo. Imaginamos este librito en sus bolsos, maletas o mochilas, y también en los bolsillos. Lo vemos en el colectivo, en el carro, en el metro y en el tren. Y lo vemos sobre la mesita ratona de casa para tenerlo a mano cada vez que decidimos o podemos fugarnos hacia algún lugar. Junto con las ediciones La Chicharra habíamos construido nuestro primer diccionario poético del viajero, arsenal que aglutinó intuiciones, postas, desvíos. Podríamos decir que esta es la continuación de ese primer impulso.

Acequias. Se denomina así a una serpiente incrustada en la tierra que, surcada por aguas frescas y ricas, generan el placer de caminar acompañados por un susurro acariciante.
Banquinas. Se encuentran a los lados del viajero, es la galería realista donde se expone la multiplicidad de los otros. Genera una extraña vecindad a quien transita. Las banquinas orientan, recogen y acogen, están pobladas .Parrillas y flores. Carteles y cardos. Gilda y el gauchito.
Caballo. La vi alejarse de la ventanilla del ómnibus jineteando su caballo. Llevaba las riendas concentrada y adulta. No tenía más de once años. Fueron segundos, mientras pensaba cuál sería su historia. Me quedé en lo desentonado de su carro, de la naturalidad de la escena. Ella con su caballo raído y amigo. ¿Alguien la esperaría? Tenía la mirada al frente: movimientos seguros, aprendidos en la repetición. Jineteando su caballo entre autos, ómnibus e indiferencias.
Cartelitos. Amarillos, rojos, blancos, y rojos. Hace tiempo uno me dijo que estaba en león y me puse a llorar. / Señala la realidad de otra ficción./ Señal humana para provocar el viaje./ Casualidad. Caminar entre charquitos mientras dura el diluvio. /Titulares de la vida. "Hay loros" invita al color. "Prohibido entrar con perros o niños" espanta la alegría. /Divertidos mensajes para los que muchas veces no somos público. / Cartelitos. Espacio de postas para llegar a buen puerto. Casi como las migas de pan de Hansel y Gretel. /Hojas que vuelan y caen sobre las manos. / Infinitos. Crecen para volver a ser chiquitos.
En el diccionario: Martha Salinas /Betina Miralles /Carolina Maranguello/Fabián Loureiro /Susana Lino /Natalia Bogliano /Pablo D. Sanchez/ Gabriel Arroyo /
Lola Fernández /Graciela Vanzan / Leandro Rapan /Jésica Delgado / María Pagola/
Marcela Rizzi/ Malala Martín/ Lucía González / Valeria Allegrucci/Julián Bover/ Lucas Zanetto Florencia Bossie/ Andrea Cajade/ Carlos Cabrera/ Marcos Viglieti/ Juliana Andora/Julieta Pron / Manuel Negrin/ Andrea Iriart Urruty y Gabriela Pesclevi...
y… Ambrose Bierce. El mismísimo autor del Diccionario del Diablo que en 1913 decide partir rumbo a México en plena guerra civil y alinearse a las tropas de Pancho Villa y nunca se supo más nada de él. En la Argentina lo ha retratado con pluma magistral el escritor Rodolfo Walsh. Nosotros seguimos los rastros de las viejas revistas Leoplan.




















